Fiascos viajeros

Yo creo que todo en la vida es una cuestión de expectativas. Cuanto más altas, más posibilidades tenemos de llevarnos una grosa decepción.

Y eso es lo que me pasó en estos casos:

La Mona Lisa. Un clásico. Entrás al Louvre queriendo ver a la vedette. Encontrás carteles que alimentan tu ansiedad. Flechas que te indican el camino. “Faltan 200 metros”. Como para no ilusionarte. Y cuando llegás y la ves, pensás: ¿Esto era? Un cuadro mucho más chico de lo que imaginabas, rodeado de paneles de vidrio y con 100 orientales delante tuyo que no te dejan ver.

El reloj cucú de Villa Carlos Paz. Supuestamente es una de las atracciones más populares de la ciudad cordobesa. “¡No podés irte sin pasar por ahí!”, te dicen todos. Mentira. Te quedás esperando al pajarito salir por la ventanita y lo ves ahí ínfimo por 2 segundos. 2 segundos literal. Pueden comprobarlo aquí.

La centolla. Desde que planificamos el viaje a Ushuaia, mi hermano comenzó a cebarme cada día con la famosa centolla. Llegamos a la capital de Tierra del Fuego y era en lo único que podía pensar. Quería probarla ya mismo. Desilusión absoluta. Pido perdón a los paladares expertos, pero yo prefiero el kanikama.

El cambio de guardia en Londres. Uno de los must de la ciudad inglesa. Vas ahí con tiempo, 10.30 AM, porque “la ceremonia” arranca a las 11 puntual. Un desfile de oficiales. Eso. Y encima si llueve, no lo hacen. Daaaale, el 90% de los días llueve en Londres. Les ahorro la visita y les dejo el video.

El camino de las estrellas en Hollywood. Vas con la ilusión de ir descubriendo a tus artistas preferidos, sacarte selfies con sus homenajes en el asfalto. Y resulta que te encontrás con una calle mugrienta y muchas estrellas rotas y sucias. No vale la pena.

Moraleja: mejor mantener las expectativas en el subsuelo.

Ahora es su turno. ¿Qué fiascos viajeros se llevaron?